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Reescritura del cuento “Ahuyentar los fantasmas” de Paulo Cohelo

Autora: Psicóloga Sandra Fontes

Durante un largo periodo de tiempo Hitoshi había estado profundamente enamorado de Leiko, ella no lo amaba, de hecho, ella no podía ser capaz de amar a nadie más que así misma.  Aun así, permitía que el joven la cortejara y realizara regalos constantemente, porque se creía merecedora de cualquier cosa que deseara. Hitoshi la consentía con múltiples halagos y muestras de cariño, sin embargo, no permitía que su enamorado avanzara más, se limitaba solo a recibir sin dar nada a cambio.

Sin darse cuenta el tiempo pasó y esta inusual forma de relacionarse se hizo casi costumbre, Hitoshi cada día creaba una estrategia diferente para manifestar su amor, por su parte ella encontraba una y mil maneras de rechazarlo. Ambos ejercieron un tipo de adicción de relacionarse sin estar juntos. Una ocasión él se subió a un globo aerostático para volar sobre la casa de su amada, estando justo arriba lanzó cientos de rosas rojas, en cada una de ellas estaba amarrado un listón de color azul que tenía escrita una frase de amor; ninguna era repetida, cada una tenía una declaración diferente; como toda respuesta obtuvo un desdeñoso saludo, el cual hizo que Hitoshi se decepcionara tanto de ella que a partir de ese momento decidió no volver a buscarla; se alejó de la casa con la firme intención de buscar el amor en alguien más.

Leiko se extrañó de no recibir más mensajes de Hitoshi, nunca había tardado más de dos días en buscarla; ella consideraba que jamás se alejaría por más desplantes que le realizara. Creía que entre más lo rechazaba, él más se enamoraba. Ella estaba centrada en sí misma sin pensar nunca en nadie más, creía que todos estaban para servirle. Cuando al quinto día no apareció su enamorado, ella bajó la guardia para ir a buscarlo y averiguar qué había sucedido, hasta pensó que había sufrido algún tipo de accidente en el globo, pues ese día fue el último que lo vio.

Al llegar a casa de Hitoshi se sorprendió de verlo arreglando las plantas de jardín, él era un extraordinario floricultor, raíz o semilla que plantaba florecía casi de manera mágica, incluso había algunas flores que él había creado a partir de injertos. Leiko desde la entrada del jardín le dijo -Pensé que te había sucedido algo, no has vuelto a aparecer por mi casa-

-Así es, respondió Hitoshi.

 – Y tampoco pienso volver a hacerlo.

– ¿Por qué?

 – Leiko lo miró asombrada.

– Me he cansado de ti y tu manera egoísta de tratarme.

-Pensé que te gustaba -respondió tímidamente Leiko.

– Y yo pensé que algún día podrías ser mi esposa- le dijo al mismo tiempo que lanzaba un suspiro-Ambos nos equivocamos. Y volvió la cabeza para seguir trabajando sobre su flor.

– A mi nadie me abandona así –gritó ella furiosa – Ni estando muerta permitiré que seas feliz con alguien más. Diciendo esto se alejó de la casa, por un tiempo ninguno supo del otro.

Pasados dos meses de la última vez que se vieron, la mamá de Leiko se presentó repentinamente en la casa de Hitoshi para avisarle que su hija estaba al borde la muerte, una enfermedad terminal la había atacado y estaba a punto de partir, por lo que había solicitado ver por última vez a quien fuera su enamorado. Al escuchar la triste historia Hitoshi rompió en llanto y se dirigió al jardín trasero a cortar las más bellas flores para obsequiar a Leiko.

Durante el camino pensaba que había sido muy egoísta al abandonarla, pues de no haberlo hecho tal vez ahora ya sería su esposa. La culpa lo acompañó hasta que llegó al lecho de Leiko; quien al verlo hizo un gran esfuerzo por incorporarse, con un gesto le indicó que se sentara a la orilla de su cama.

-Gracias por venir, por un momento pensé que no te importaría -le dijo con una tímida voz, que apenas se alcanzaba a escuchar, su semblante estaba completamente demacrado; era evidente que la vida se le escapaba.

Dándole con su sumo amor y cuidado las flores, le dijo -Perdóname, nunca debí haberte dejado; debía estar contigo, y se acercó para por primera vez darle un tierno beso en la mejilla.

-No, hiciste bien en alejarte, yo no había sido capaz de darte todo el amor que merecías, egoístamente pensaba solo en mí – le susurró – Quiero que me perdones y que me prometas que buscarás el amor en alguien más, seguramente pronto encontrarás una mujer que te sepa valorar, amar y respetar como yo no supe hacerlo.

Hitoshi no paraba de llorar y lamentarse por haberse ido de su lado, ella intuyó ese pensamiento, por lo que le dijo:  – Que esto que hemos pasado nos sirva a los dos para liberarnos del pasado, hoy al borde de mi muerte veo que mi egoísmo solo nos trajo infelicidad a los dos.

Él simplemente se agacho para percibir el aroma de su piel, así como escuchar el débil latido de su corazón. En un suspiro lleno de paz, Leiko exhaló su último aliento y la liberación de su alma.

Por su parte Hitoshi inhaló la libertad que le dio haber despedido sin rencores a quien fuera su amada.

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